El bruxismo ya no admite respuestas automáticas en la consulta dental
No siempre es necesario intervenir ante esta actividad muscular y, cuando está justificado hacerlo, tampoco existe una única respuesta clínica. Entre las dudas sobre el valor del desgaste dentario, las diferencias entre vigilia y sueño y el verdadero alcance de las férulas y la toxina botulínica, el debate se centra ahora en qué tratamiento necesita cada paciente.

El bruxismo tiene algo de viejo conocido en la consulta dental. Su nombre se invoca ante dientes desgastados, molestias mandibulares o restauraciones que duran menos de lo previsto, pero esas señales no siempre cuentan toda la historia. Y es que detrás de una misma sospecha pueden esconderse situaciones clínicas muy diferentes. Los avances científicos de los últimos años han impulsado una revisión de los criterios con los que se evalúa y aborda este fenómeno, prestando mayor atención a las repercusiones que puede tener en cada paciente. Eso significa que la valoración odontológica ya no se limita a identificar sus signos, sino que también plantea cuándo conviene intervenir, con qué objetivo y en qué casos es preferible observar.
El pasado junio, la XXXVI Reunión Anual de la Sociedad Española de Disfunción Craneomandibular y Dolor Orofacial (SEDCYDO), celebrada en Granada, abordó varias de estas cuestiones. El programa incluyó trabajos que exploraron su relación con la ansiedad y los trastornos temporomandibulares, así como su posible asociación con la apnea obstructiva del sueño y el reflujo gastroesofágico. También se reservó espacio para la toxina botulínica, cuyas indicaciones siguen siendo objeto de debate.
Miguel de Pedro Herráez, presidente de la SEDCYDO, participó en el encuentro como moderador del bloque de fisiología. En entrevista con IM Odontología, el especialista repasa cómo ha evolucionado la manera de entender el bruxismo: "El cambio más importante ha sido conceptual. Durante décadas el bruxismo se consideró prácticamente una enfermedad que debía diagnosticarse y tratarse. Hoy entendemos que el bruxismo es una actividad muscular mandibular o una conducta motora, no una enfermedad en sí misma". De Pedro recuerda que durante años se estudió y manejó el bruxismo principalmente desde el prisma de la oclusión, buscando en sus posibles alteraciones el origen del problema. Una interpretación que ha ido quedando atrás ante el reconocimiento de su carácter multifactorial.
Esta perspectiva también está recogida en un informe de consenso internacional sobre las definiciones del bruxismo, publicado en mayo de 2025 en Journal of Oral Rehabilitation. El documento precisa que esta actividad muscular puede actuar como factor de riesgo, desempeñar un papel protector o no ocasionar consecuencias clínicas relevantes. Sus autores insisten en la necesidad de evaluar su presencia y sus posibles repercusiones, sin asumir que todo paciente necesita tratamiento.
Lo que no se ve a simple vista
En la práctica, el desgaste dentario sigue siendo uno de los hallazgos que más fácilmente llevan a sospechar bruxismo, aunque su valor diagnóstico ha quedado cada vez más en entredicho. De hecho, buena parte de las 30 investigaciones incluidas en una revisión de 2024 en Journal of Dentistry encontró asociaciones débiles o inexistentes entre ambos fenómenos. El 90% de los estudios eran transversales, lo que dificulta determinar si las lesiones observadas guardan relación con la actividad muscular actual o con procesos anteriores.
De Pedro traslada esa cautela a la interpretación de los hallazgos cotidianos. "El desgaste dentario es un fenómeno multifactorial y puede reflejar procesos acumulados durante décadas. Del mismo modo, el dolor mandibular no implica necesariamente que el bruxismo sea la causa principal. Debemos evitar razonamientos simplistas que vinculen automáticamente desgaste, dolor y férula", advierte. Antes de plantear una intervención, considera necesario valorar la evolución del desgaste, las fracturas dentales o de restauraciones, el fracaso de rehabilitaciones protésicas y la presencia de dolor o limitaciones funcionales, sin perder de vista su impacto en la calidad de vida del paciente.
Hoy entendemos que el bruxismo es una actividad muscular mandibular o una conducta motora, no una enfermedad en sí misma
A la valoración de estos daños y síntomas, De Pedro suma la información que pueden aportar las pruebas instrumentales. La electromiografía permite estudiar la actividad muscular tanto durante la vigilia como durante el sueño, mientras que la polisomnografía aporta información sobre distintas variables del descanso cuando existen sospechas de otras alteraciones nocturnas. El especialista destaca el interés de estas herramientas para conocer con mayor precisión qué sucede durante la actividad diaria y el descanso del paciente.
Durante la vigilia, el interés por identificar la actividad muscular también se ha extendido a las posibilidades de modificar determinados comportamientos. De Pedro recuerda que estos no se limitan al contacto entre los dientes, sino que pueden incluir posicionamientos mandibulares sin contacto dentario. Para abordar estas conductas se han explorado estrategias como el biofeedback, los recordatorios periódicos y el asesoramiento para el autocontrol, con resultados favorables recogidos en una revisión sistemática publicada en febrero de 2026 en BMC Oral Health. En dos de los estudios incluidos, los avisos diarios y el biofeedback electromiográfico consiguieron reducciones significativas frente a las intervenciones de comparación.
Con todo, las estrategias conductuales no pueden trasladarse sin más del bruxismo de vigilia al del sueño. De Pedro recuerda que ambas manifestaciones responden probablemente a mecanismos distintos y que su evaluación y seguimiento tampoco son equivalentes. Mientras que durante el día pueden influir factores como el estrés elevado o el consumo de determinados fármacos, por la noche entran en consideración la fragmentación del sueño y otras alteraciones del descanso.
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En particular, se ha investigado la posible relación del bruxismo nocturno con la apnea obstructiva del sueño. Un metaanálisis de 14 estudios publicado en diciembre de 2024 en Sleep Medicine Reviews no encontró una asociación global estadísticamente significativa entre ambas condiciones, tampoco al analizar por separado los distintos niveles de gravedad de la apnea.
El resultado, sin embargo, no descarta que ambas condiciones se presenten en un mismo paciente. De Pedro llama la atención sobre los síntomas que pueden justificar una evaluación más amplia. "La presencia de ronquido habitual, pausas respiratorias observadas, somnolencia diurna excesiva, sueño no reparador o despertares frecuentes debe hacer sospechar trastornos respiratorios del sueño, especialmente apnea obstructiva del sueño", señala. En estos casos, recomienda derivar a una unidad del sueño, donde puede valorarse la necesidad de realizar una polisomnografía hospitalaria o una poligrafía respiratoria domiciliaria.
Ahora bien, la valoración clínica es solo una parte de la ecuación. Así lo plantea el especialista: "Ya no nos preguntamos únicamente si un paciente presenta bruxismo, sino si esa actividad está asociada a consecuencias que requieran intervención". Incluso cuando está justificado actuar, añade, la elección del recurso terapéutico dependerá del problema que se pretende resolver.
Una férula no lo resuelve todo
La diferencia entre lo que se pretende conseguir y lo que realmente puede ofrecer un tratamiento se hace especialmente visible con la férula oclusal. De Pedro insiste en precisar su verdadero alcance: "El objetivo principal de una férula es proteger dientes, restauraciones y estructuras orales frente a las cargas mecánicas asociadas a la actividad muscular. No debe presentarse al paciente como un tratamiento destinado a eliminar el bruxismo". Aunque su función protectora sigue teniendo un lugar importante en consulta, sus efectos sobre la propia actividad muscular son otra historia.
La evidencia científica tampoco ha demostrado hasta ahora que las férulas reduzcan significativamente la actividad muscular. Al respecto, una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2024 en European Journal of Oral Sciences, que reunió 12 estudios, no encontró cambios significativos en dicha actividad ni en la fuerza de mordida con el uso de férulas rígidas o blandas.
El principal interés de la toxina botulínica reside en el control de determinadas consecuencias del bruxismo y no en la supresión de su origen
Entre las alternativas que han ganado visibilidad figura la toxina botulínica, utilizada en determinados pacientes para reducir temporalmente la fuerza de contracción de los músculos masticatorios. Su comparación con la férula oclusal ofrece resultados interesantes. En un ensayo clínico con 60 pacientes con bruxismo del sueño probable y dolor muscular mandibular, publicado en diciembre de 2024 en Journal of Dentistry, ambas intervenciones consiguieron aliviar el dolor, sin diferencias significativas en el resultado principal. La férula, sin embargo, mostró ventajas en algunos parámetros funcionales, como la apertura bucal sin dolor, mientras que el 79,3% de los pacientes tratados con toxina comunicó molestias leves durante la masticación.
El alivio del dolor tampoco parece inclinar claramente la balanza hacia ninguna de las dos intervenciones. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en junio de 2026 en CRANIO, que examinó 36 estudios, no encontró diferencias estadísticamente significativas a medio plazo, aunque algunas investigaciones observaron una mejoría inicial más rápida con la toxina. Sus autores siguen considerando preferible la férula como opción conservadora cuando el objetivo es prevenir daños mecánicos y mantener la función.
Hasta dónde llega la toxina
Los resultados sobre el dolor no explican, por sí solos, qué efecto tiene la toxina botulínica sobre el bruxismo. De Pedro recuerda que los mecanismos que generan el bruxismo están regulados fundamentalmente a nivel central, mientras que la toxina botulínica actúa sobre los músculos masticatorios. Su utilidad se concentra en situaciones clínicas concretas, especialmente cuando las medidas conservadoras no han proporcionado suficiente beneficio.
Entre ellas menciona el dolor muscular persistente, la hipertrofia marcada de los músculos masticatorios, la sobrecarga funcional importante y los daños recurrentes asociados a fuerzas excesivas. "Dicho de forma sencilla, el paciente puede seguir siendo bruxista aunque apriete con menos fuerza. Por eso resulta incorrecto transmitir que la toxina 'cura' o 'elimina' el bruxismo. Desde una perspectiva clínica, el principal interés de la toxina botulínica reside en el control de determinadas consecuencias del bruxismo y no en la supresión de su origen", subraya.
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La propia SEDCYDO ya había advertido en noviembre de 2025 de que la toxina botulínica no constituye un tratamiento de primera línea para el bruxismo y de que determinadas indicaciones se encuentran fuera de ficha técnica. A este posicionamiento se suman ahora las recomendaciones internacionales del grupo INfORM de la Asociación Internacional de Investigación Dental, Oral y Craneofacial (IADR, por sus siglas en inglés), publicadas recientemente en CRANIO, entre cuyos autores figura el propio De Pedro. Este nuevo consenso insiste en reservarla como opción complementaria y de segunda línea cuando las medidas conservadoras no han proporcionado suficiente beneficio, y señala que la evidencia actual no justifica su uso preventivo ni para intentar suprimir la actividad bruxista.
La duración de los efectos también pesa en la valoración de la toxina botulínica. De Pedro recuerda que mantener sus beneficios puede requerir nuevas aplicaciones y defiende un abordaje que contemple la educación del paciente, el manejo de los factores contribuyentes y el seguimiento de su evolución. También están los posibles efectos adversos, sobre los que De Pedro introduce algunos matices: "La toxina botulínica es un procedimiento generalmente seguro cuando se utiliza por profesionales cualificados, con un adecuado conocimiento de la anatomía y de las indicaciones clínicas. Como cualquier tratamiento médico, puede asociarse a efectos adversos transitorios, siendo los más frecuentes una cierta debilidad muscular o cambios temporales en la función masticatoria, que suelen ser dependientes de la dosis y reversibles".
Otra cuestión son las posibles repercusiones óseas a largo plazo. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2024 en Journal of Oral Rehabilitation identificó una reducción aproximada del 6% en el grosor cortical de determinadas regiones mandibulares en pacientes tratados con toxina botulínica, principalmente por trastornos temporomandibulares. El hallazgo cobra especial interés ante la posibilidad de repetir las aplicaciones durante años, un escenario sobre el que todavía falta información.
Con sus posibilidades y sus límites, la férula y la toxina botulínica tienen un lugar distinto en la consulta dental. No obstante, para De Pedro la pregunta decisiva llega antes de escoger un tratamiento y tiene que ver con lo que realmente le ocurre a cada paciente. "Debemos abandonar el paradigma de 'diagnosticar y tratar el bruxismo' y avanzar hacia un enfoque centrado en la evaluación de sus consecuencias clínicas reales para cada paciente. No tratamos el bruxismo; tratamos al paciente cuando el bruxismo tiene consecuencias clínicamente relevantes", concluye.

